1929-1932: Capítulo 21. Las masas evolucionan, de la Historia de la Revolución Rusa
(viene de pg. anterior)
Bajo la avalancha patriótica que venía de todos
lados, los marineros que habían acudido a recibir a Lenin
a la estación de Finlandia declaraban, dos semanas después:
«Si hubiéramos sabido..., por qué camino llegó
a nuestro país, en vez de acogerle con vivas entusiastas
le habríamos recibido con gritos indignados de: ¡Abajo
Lenin! ¡Vuélvete al país por el cual has pasado
para venir aquí!...» Los soviets de soldados de Crimea
amenazaban, uno tras otro, con impedir por la fuerza de las armas
la entrada de Lenin en la península patriótica,
a la cual éste ni había pensado en ir. El regimiento
de Volin, uno de los corifeos del 27 de febrero, llegó
hasta acordar, en un momento de exaltación, detener a Lenin,
y el Comité ejecutivo se vio obligado a tomar medidas para
impedirlo. Este estado de opinión no se disipó por
completo hasta la ofensiva de junio, para volver a manifestarse
después en las jornadas de julio.
Al mismo tiempo, en las guarniciones situadas en los puntos más
recónditos y en los sectores más alejados del frente,
los soldados, la mayor parte de las veces sin apercibirse de ello,
iban empleando cada día con mayor audacia el lenguaje del
bolchevismo. En los regimientos, los bolcheviques se podían
contar con los dedos, pero sus consignas iban adentrándose
cada vez más en el ejército. Diríase que
surgían espontáneamente en todos los ámbitos
del país. Los liberales no veían en todo esto más
que ignorancia y caos. El Riech decía: «Nuestro país
se está convirtiendo ante nuestros ojos en una especie
de manicomio en que mandan y campean una serie de posesos y la
gente que aún no ha perdido del todo la razón se
aparta asustada, arrimándose a las paredes.» Los «moderados»
se han expresado en estos términos en todas las revoluciones.
La prensa conciliadora se consolaba diciendo que los soldados,
a pesar de todos los equívocos, no querían nada
con los bolcheviques. Sin embargo, el bolchevismo inconsciente
de las masas, en que se reflejaba la lógica del curso de
los acontecimientos, era la verdadera fuerza, la fuerza indestructible
del partido de Lenin.
El soldado Pireiko cuenta que en las elecciones el Congreso de
los soviets, celebradas en el frente después de tres días
de discusiones, todos los puestos fueron para socialrevolucionarios,
pero que, a renglón seguido, sin hacer caso de las protestas
de los jefes, los diputados soldados votaron un acuerdo sobre
la necesidad de quitar la tierra a los grandes propietarios sin
esperar a la Asamblea constituyente. «En las cuestiones asequibles
a los soldados, el estado de opinión de éstos era
más izquierdista que el de los bolcheviques más
extremos.» A esto era a lo que se refería Lenin cuando
decía que «las masas estaban cien veces más
a la izquierda que nosotros.»
El escribiente de un taller de motocicletas de una población
de la provincia de Táurida cuenta que, muchas veces, después
de leer un periódico burgués, los soldados cubrían
de insultos a los bolcheviques, e inmediatamente se ponían
a razonar sobre la necesidad de acabar con la guerra, de quitar
la tierra a los grandes propietarios, etc. Así era como
pensaban aquellos «patriotas», que se juramentaban para
no dejar entrar a Lenin en Crimea.
Los soldados de las gigantescas guarniciones del interior estaban
inquietos, la aglomeración de aquellas masas inmensas de
hombres ociosos que esperaban impacientemente que les sacasen
de allí, creaba un estado de enervamiento, acusado luego
por una desazón que los soldados trasplantaban a la calle,
yendo y viniendo de acá para allá en tranvía
y pasándose las horas muertas mascando semillas de girasol.
Aquel soldado, con el capote terciado a la espalda y una cáscara
de girasol en los labios, acabó por convertirse en la imagen
más odiada de la prensa burguesa. Y el mismo soldado a
quien durante la guerra habían adulado con los halagos
más repugnantes, lo que, por otra parte, no era obstáculo
para que en el frente se le azotara; a quien después de
la revolución de Febrero se le ponía por las nubes
como libertador, se le convertía de pronto en un egoísta,
en un traidor y en un agente de los alemanes. No había
vileza que la prensa patriótica no fuese capaz de achacar
a los soldados y marineros rusos.
El Comité ejecutivo no sabía hacer más que
justificarse, luchar contra la anarquía, sofocar los excesos,
pedir tímidamente informaciones y cursar consejos. El presidente
del Soviet de Tsaritsin -ciudad a la que se tenía por el
nido del «anarcobolchevismo»-, preguntado por el centro
acerca de la situación, contestó con una frase lapidaria.
«Cuanto más evoluciona a izquierda la guarnición,
más hacia la derecha se inclina el burgués.»
La fórmula de Tsaritsin es perfectamente aplicable a todo
el país. El soldado se radicalizaba, el burgués
evolucionaba hacia la derecha.
Y con tanta tenacidad trataban del bolchevique los de arriba al
soldado capaz de expresar con más audacia que los demás
lo que sentían todos, que acabó por creerse que
real y verdaderamente lo era. las cavilaciones de los soldados,
partiendo de la paz y de la tierra, iban concentrándose
en el tema del poder. El eco que hallaban las consignas dispersas
de los bolcheviques convertíase en una simpatía
consciente hacia este partido. El regimiento de Volin, que en
abril se disponía a detener a Lenin, dos meses después
se había convertido al bolchevismo. Otro tanto sucedió
con los regimientos de Eguer y de Lituania. Los tiradores letones
habían sido creados por la autocracia para explotar en
provecho de la guerra el odio de los campesinos y de los obreros
del campo contra los barones bálticos. Estos regimientos
combatían de un modo magnífico. Pero el espíritu
de rivalidad de clase, en el que pretendía apoyarse la
monarquía, se trazó sus propios derroteros.. Los
tiradores letones fueron unos de los primeros en romper, primero
con la monarquía y luego con los conciliadores. Ya el 17
de mayo, los representantes de ocho regimientos se adhirieron
casi por unanimidad al grito bolchevique: «¡Todos el
poder a los soviet!» Estos regimientos desempeñaron
un gran papel en el rumbo seguido por la revolución.
Un soldado anónimo escribe desde el frente: «Hoy,
13 de junio, se ha celebrado una pequeña reunión
en el cuarto de banderas; en ella, se ha hablado de Lenin y Kerenski.
La mayor parte de los soldados simpatizan con Lenin, pero los
oficiales dicen que Lenin es un burgués.» Después
del desastre de la ofensiva el nombre de Kerenski fue, en el ejército,
blanco de todos los odios.
El 21 de junio, los alumnos de las academias militares recorrieron
las calles de Peterhof, con banderas y cartelones, en que se leía:
«¡Abajo los espías! ¡Vivan Kerenski y Brusílov!»
Era natural que los kadetes aclamasen a Brusílov. los soldados
del cuarto batallón se abalanzaron sobre ellos y los dispersaron.
Lo que mayor indignación levantaba era el cartelón
en honor de Kerenski.
La ofensiva de junio aceleró considerablemente la evolución
política dentro del ejército. La popularidad de
los bolcheviques, único partido que había levantado
la voz contra la ofensiva, creció con una rapidez vertiginosa.
Es cierto que los periódicos bolcheviques encontraban dificultad
para llegar al ejército. Su tirada era extraordinariamente
pequeña, comparada con la de la prensa liberal y patriótica.
«...No hay modo de hacerse aquí con uno de vuestros
periódicos -escribe a Moscú la tosca mano de un
soldado-, y sólo nos enteramos de lo que dicen por referencias.
Los periódicos burgueses los mandan en paquetes por todo
el frente y nos los reparten gratis.» Esta prensa patriótica
era precisamente la que se encargaba de crear a los bolcheviques
una admirable popularidad. No había caso de protesta de
los oprimidos, de confiscación de tierras, de venganza
contra los odiados oficiales, que estos periódicos no atribuyesen
inmediatamente a los bolcheviques. De esto, los soldados sacaban,
naturalmente, la conclusión de que los tales bolcheviques
eran gente que sabía lo que se traía entre manos.
A principios de junio, el comisario del 12º Ejército
decía a Kerenski, informándole del estado de espíritu
de los soldados: «Todas las culpas se hacen recaer, en último
término, sobre los ministros burgueses y el Soviet, del
que se dice que está vendido a la burguesía. En
general, en la masa domina una terrible ignorancia; por desgracia,
hay que reconocer que, de algún tiempo a esta parte, ni
siquiera se leen los periódicos. La palabra impresa inspira
una desconfianza absoluta. Las frases más corrientes son:
«Sí, sí; nos alimentan con buenas palabras»,
«Nos enredan»»... En los primeros meses, los informes
de los comisarios patrióticos eran otros tantos himnos
entonados al ejército revolucionario, a su conciencia y
a su disciplina. Cuando después de cuatro meses de decepciones
ininterrumpidas, el ejército perdió la confianza
en los oradores y en los periodistas gubernamentales, aquellos
mismos comisarios descubrieron toda la tosquedad y la ignorancia
que en él se albergaban.
Y, al paso que la guarnición se radicalizaba, el burgués
evolucionaba hacia la derecha. Alentadas por la ofensiva, las
ligas contrarrevolucionarias brotaban en Petrogrado como los hongos
después de la lluvia. Estas organizaciones escogían
nombres a cual más sonoro: «Ligar del Honor de la
Patria», «Liga del Deber Militar», «Batallón
de la Libertad», «Organización del Espíritu»
y por ahí adelante. Estas brillantes etiquetas encubrían
los apetitos y los designios de la aristocracia, de la oficialidad,
de la burocracia, de la burguesía. Algunas de estas organizaciones,
tales como la «Liga Militar», la «Asociación
de los Caballeros de San Jorge» o la «División
voluntaria», eran otros tantos puntos de apoyo declarados
para el complot militar. Estos caballeros del «honor»
y del «espíritu», que se nos presentaban como
inflamados patriotas, no tenían el menor reparo en ir a
llamar, cuando les convenía, a las puertas de las misiones
aliadas, y muchas veces obtenían del gobierno la ayuda
financiera que no había sido posible conceder al Soviet,
por ser una «organización de carácter privado».
Uno de los retoños de la familia del magnate periodístico
Suvorin emprendió, por aquel entonces, la publicación
de un periódico, titulado Pequeña Gaceta, que se
hacía pasar por órgano del «socialismo independiente»,
predicando una dictadura férrea, para la cual proponía
como candidato al almirante Kolchak. La prensa más sólida,
sin atreverse todavía a soltar prenda del todo, se esforzaba
por todos los medios en crear al almirante prestigio y popularidad.
La suerte que más tarde había de correr Kolchak
demuestra que ya a principios del verano de 1917 se tramaba un
amplio complot a base de su nombre y que, detrás de Suvorin,
había elementos influyentes.
La reacción, inspirándose en un cálculo táctico
al alcance de cualquiera, aparentaba -basta fijarse en las virtudes
sueltas- dirigir el golpe contra los partidarios de Lenin exclusivamente.
La palabra «bolchevique» era sinónimo de todas
las furias infernales. Y así como antes de la revolución,
la oficialidad zarista hacía recaer sobre los espías
alemanes, principalmente sobre los judíos, la responsabilidad
de todas las calamidades, la de su propia estupidez inclusive,
ahora, después del fracaso de la ofensiva de junio, la
responsabilidad de todos los fracasos y derrotas se achacaba,
naturalmente, a los bolcheviques. En este punto, los demócratas
tipo Kerenski y Tsereteli se identificaban, hasta confundirse,
no sólo con los liberales del corte de Miliukov, sino hasta
con los oscurantistas declarados de la casta del general Denikin.
Como sucede siempre, cuando las contradicciones alcanzan una tensión
extrema, pero aún no ha llegado el momento de la explosión,
donde la distribución de las fuerzas políticas se
manifestaba de un modo más claro y franco no era en las
cuestiones fundamentales, sino en las secundarias. Durante aquellas
semanas, Kronstadt fue uno de los pararrayos de las pasiones políticas.
La vieja fortaleza, llamada a ser el fiel vigía puesto
a las mismas puertas marítimas de la capital del imperio,
había levantado más de una vez, en tiempos pasados,
la bandera de la insurrección. En Kronstadt no se había
extinguido nunca, a pesar de las implacables represiones, la llama
de la rebeldía. Después de la revolución,
esta llama volvió a brillar con destellos amenazadores.
En las columnas de la prensa patriótica, el nombre de la
fortaleza marítima no tardó en convertirse en símbolo
de los aspectos más abominables de la revolución,
cifrados, naturalmente, en el bolchevismo. En realidad, el Soviet
de Kronstadt no era aún bolchevique: en el mes de mayo,
formaban parte de él 107 bolcheviques, 112 socialrevolucionarios,
30 mencheviques y 97 personas sin partido. Se trataba, claro está,
de socialrevolucionarios y gentes sin partido de Kronstadt, es
decir, de hombres que vivían sometidos a una presión
elevada: ante las cuestiones de importancia, la mayoría
seguía a los bolcheviques.
En el mundo de la política, los marineros de Kronstadt
no sentían gran afición por las intrigas ni por
la diplomacia. Para ellos, no había más que una
norma: dicho y hecho. No tiene nada de particular que, ante aquel
gobierno espectral de Kerenski, se inclinaran por métodos
de acción extraordinariamente sencillos. El 13 de mayo,
el Soviet votó el acuerdo siguiente: En Kronstadt, el único
poder es el Soviet de obreros y soldados.»
La eliminación del comisario de gobierno, el kadete Pepeliayev,
por ser la quinta rueda del carro, pasó perfectamente inadvertida.
Se implantó un orden perfecto. En la ciudad prohibióse
el juego y fueron clausuradas las casa de prostitución.
El Soviet amenazó al que se presentara en la calle en estado
de embriaguez con la «confiscación de los bienes y
el envío al frente». Y la amenaza se llevó
a la práctica, no una, sino varias veces.
Los marineros, gente templada bajo el régimen espantoso
de la escuadra zarista y de la frontera marítima, acostumbrados
al trabajo rudo, a los sacrificios y también a toda clase
de excesos, ahora, que se abría ante ellos la perspectiva
de una vida nueva, de la cual se sentían llamados a ser
los dueños, ponían en tensión todas sus fuerzas
para mostrarse dignos de la revolución. En Petrogrado,
acosaban a amigos y enemigos y se los llevaban, casi por la fuerza
a Kronstadt para que viesen de cerca quiénes eran y cómo
gobernaban los marineros revolucionarios. Naturalmente, este estado
de tensión moral no podía durar eternamente; pero
duró bastante tiempo. Los marineros de Kronstadt se convirtieron
en algo así como la orden militante de la revolución.
Pero ¿de cuál? Desde luego, no de la que personificaba
el ministro Tsereteli, con su comisario Pepeliayev. Kronstadt
era como el augur de la segunda revolución. Por esto le
odiaban tanto aquellos que tenían ya bastante y aun de
sobra con la primera.
La prensa del orden presentó la destitución de Pepeliayev,
que se había llevado muy discretamente, casi como una sublevación
en armas contra la unidad del Estado. El gobierno dio sus quejas
al Soviet. Éste nombró inmediatamente una delegación
para enviarla a Kronstadt. La máquina del doble poder se
puso en movimiento chirriando. El 24 de mayo, el Soviet de Kronstadt,
en sesión a la que asistieron Tsereteli y Skobelev, se
avino a reconocer, a instancias de los bolcheviques que, sin abandonar
la lucha empeñada por el triunfo del poder de los soviets,
estaba prácticamente obligado a someterse al gobierno provisional,
en tanto no se instaurara el poder soviético en todo el
país. Sin embargo, al día siguiente, bajo la presión
de los marineros, indignados por estas concesiones, el Soviet
declaraba que no había hecho otra cosa que dar a los ministros
una «aclaración» de su punto de vista, que seguía
siendo el mismo. Era un error táctico evidente, detrás
del cual no había, sin embargo, más que un gran
amor propio revolucionario.
Las esferas dirigentes decidieron aprovechar aquella ocasión
que se les brindaba para dar una lección a los marineros
de Kronstadt, obligándoles al mismo tiempo a expiar los
viejos pecados. Huelga decir que actuó de acusador en esta
causa Tsereteli. Con alusiones patéticas a los encarcelamientos
que él mismo había sufrido, atacó especialmente
a los marineros de Kronstadt, que tenían encerrados en
los calabozos de la fortaleza a ochenta oficiales. Toda la prensa
razonable hizo coro a sus palabras. Sin embargo, hasta los periódicos
conciliadores, es decir, ministeriales, se veían obligados
a reconocer que se trataba de «verdaderos ladrones»
y de «hombres que se habían distinguido por su violencia
salvaje»... Según las Izvestia, órgano oficioso
del propio Tsereteli, los marineros que habían declarado
como testigos «hablan de aplastamiento (por los oficiales
detenidos) de la insurrección de 1906, de los fusilamientos
en masa, de las barcas llenas de cadáveres de fusilados
echados al fondo del mar, y de otros horrores... Los marineros
relatan todo esto con gran sencillez, como si se tratara de la
cosa más corriente del mundo.
Los marineros de Kronstadt se negaban tozudamente a entregar los
detenidos al gobierno, que sentía, por lo visto, mucha
más piedad por los verdugos y ladrones de sangre azul que
por los marineros de 1906 y de tantos otros años, torturados
ignominiosamente. Se explica perfectamente que el ministro de
Justicia, Pereverzev, de quien Sujánov dice que era «una
de las figuras sospechosas del ministerio de coalición»,
pusiera sistemáticamente en libertad a los representantes
más viles de la gendarmería zarista encerrados en
la fortaleza de Pedro y Pablo. Lo que más les preocupaba
a aquellos aventureros democráticos era que la burocracia
reaccionaria reconociera su nobleza de conducta.
Los marineros de Kronstadt lanzaron un manifiesto, contestando
en los siguientes términos a las acusaciones de Tsereteli:
«Los oficiales, gendarmes y policías detenidos por
nosotros durante los días de la revolución han declarado
por sí mismos a los representantes del gobierno que no
pueden quejarse del trato que se les da en la cárcel. Es
verdad que las cárceles de Kronstadt son muy malas; pero
son las que el zarismo construyó para nosotros. Son las
únicas que hay. Y si mantenemos en ellas a los enemigos
del pueblo, no es precisamente por espíritu de venganza,
sino por instinto revolucionario de conservación.»
El 27 de marzo, el Soviet de Petrogrado se reunió para
juzgar a los marineros de Kronstadt. Trotski, que tomó
la palabra en su defensa, advirtió a Tsereteli el papel
que aquellos marineros estaban llamados a desempeñar en
caso de peligro; es decir, cuando un general contrarrevolucionario
intente echar la soga al cuello de la revolución; entonces,
los kadetes darán jabón a la soga, mientras que
los marineros de Kronstadt se alzarán para luchar y morir
a nuestro lado. Este aviso convertíase en realidad tres
meses después, con una insólita exactitud. En efecto;
cuando el general Kornílov se sublevó y envió
sus tropas sobre la capital, Kerenski, Tsereteli y Skobelev hubieron
de llamar a los marineros de Kronstadt para que protegiesen el
Palacio de Invierno. Pero en junio, los señores demócratas
defendían el orden contra la anarquía, y ningún
argumento, ninguna profecía tenía fuerza para ellos.
Por 580 votos contra 168 y 74 abstenciones, Tsereteli hizo que
el Soviet de Petrogrado aprobase su proposición declarando
que el Kronstadt «anárquico» quedaba eliminado
de la democracia revolucionaria. Tan pronto como el palacio de
Marinski, reunido con impaciencia, recibió la noticia de
que el acuerdo había sido votado, el gobierno cortó
inmediatamente las comunicaciones telefónicas entre la
capital y la fortaleza para el público, con el fin de evitar
que el centro bolchevique influyese sobre los marineros, dio orden
de que se retirasen de Kronstadt todos los buques-escuela y exigió
del Soviet de aquella plaza una «sumisión incondicional».
El Congreso de los Diputados campesinos, reunido por aquellos
días, amenazó con «privar a Kronstadt de subsistencia».
La reacción que acechaba detrás de los conciliadores
buscaba un desenlace decisivo y, a ser posible, sangriento.
«El paso irreflexivo dado por el Soviet de Kronstadt -escribe
Ygov, uno de los historiadores nuevos- podría provocar
consecuencias desagradables. Era preciso encontrar una salida
a aquella situación.» Con este fin se trasladó
Trotski a Kronstadt, donde habló en el Soviet y redactó
una declaración que fue votada primero por éste
y aclamada luego en el mitin celebrado en la plaza del Áncora.
Los marineros de Kronstadt, sin dejar de mantener sus posiciones
del principio, hicieron las concesiones necesarias en el terreno
práctico.
La solución pacífica del conflicto puso frenética
a la prensa burguesa: «En la fortaleza reina la anarquía».
«Los de Kronstadt acuñan moneda propia» -los
periódicos reproducían modelos fantásticos
de tal moneda-. «Se dilapidan los bienes del Estado»,
«Las mujeres han sido socializadas», «Todo el mundo
roba, y reina la más escandalosa de las orgías».
Los marineros, que se sentían orgullosos del severo orden
que habían implantado, apretaban los callosos puños
al leer aquellos periódicos que difundían en millones
de ejemplares aquellas especies calumniosas por toda Rusia.
Tan pronto como los oficiales de Kronstadt se pusieron a disposición
de los tribunales, los órganos judiciales de Pereversev
se apresuraron a ponerlos en libertad, uno detrás de otro.
Sería muy instructivo saber cuántos y quiénes,
entre los oficiales puestos en libertad, tomaron parte luego en
la guerra civil, y cuántos marineros, soldados, obreros
y campesinos fueron fusilados y ahorcados por ellos. Por desgracia,
no disponemos de medios para levantar aquí este interesantísimo
balance.
El prestigio del poder estaba a salvo. Mas tampoco los marineros
tardaron en obtener satisfacción de las vejaciones de que
les habían hecho objeto. De todos los ámbitos del
país empezaron a llegar saludos al Kronstadt rojo: de los
soviets más izquierdistas, de las fábricas, de los
regimientos, de los mítines. El primer regimiento de ametralladoras
manifestó en las calles de Petrogrado su respeto hacia
los marineros de Kronstadt «por su firme actitud de desconfianza
hacia el gobierno provisional».
Entre tanto, Kronstad se preparaba para tomar una revancha más
importante. La campaña de la prensa burguesa había
conseguido convertir a Kronstadt en un factor de importancia nacional.
«El bolchevismo -escribe Miliukov-, después de haberse
hecho fuerte en Kronstadt, tendió por todo el país
una vasta red de propaganda, con ayuda de agitadores debidamente
adiestrados. Los comisarios de Kronstadt iban también con
su misión al frente, donde minaban la disciplina, y al
campo. donde predicaban la devastación de las grandes propiedades.
El Soviet de Kronstadt equipaba a sus emisarios con documentación
especial: «N.N. va enviado a esa provincia para participar,
con derecho de voto, en los Comités de distrito y en los
cantones locales, como asimismo para tomar parte en los mítines
y organizar los que considere conveniente y dónde y cuándo
le parezca.» Viajaban con «derecho a llevar armas, y
billete de libre circulación por todas las líneas
férreas y marítimas». Además, «el
Soviet de Kronstadt garantiza la inviolabilidad personal del mencionado
agitador».
Al denunciar la labor de zapa de los marineros bálticos,
Miliukov se olvida de explicar cómo y por qué, bajo
la vigilancia de unas autoridades tan sabias y prudentes, y existiendo
en Rusia instituciones y periódicos como aquéllos,
unos marineros, armados con la extraña credencial del Soviet
de Kronstadt, podían recorrer sin obstáculos todo
el país, de punta a punta, encontrando en todas partes
la casa abierta y la mesa puesta, siendo admitidos en todas las
asambleas populares, escuchados atentamente dondequiera que hablasen,
y estampando con sus puños de marinero una huella en los
acontecimientos históricos. A este historiador puesto al
servicio de la política liberal no se le ocurre siquiera
hacerse esta sencilla pregunta. Todo el milagro de Kornstadt estaba,
lisa y llanamente, en que aquellos marineros acertaban a dar una
expresión mucho más profunda y fiel a las exigencias
de la evolución histórica que los más sabios
profesores. Aquellas credenciales mal escritas demostrábanse,
para decirlo en el lenguaje de Hegel, reales porque eran racionales,
mientras que planes subjetivamente inteligentísimos acreditaban
una inconsistencia, porque la razón de la historia no quería
nada con ellos.
Los soviets iban rezagados con respecto a los comités de
fábrica, los comités de fábrica marchaban
a la zaga de las masas, los soldados a la zaga de los obreros
y, en proporciones aún mayores, las provincias a la zaga
de la capital. Era la dinámica inevitable del proceso revolucionario,
que engendraba miles de contradicciones para luego superarlas
como el azar, sin esfuerzo, jugando casi, y engendrar inmediatamente
otras nuevas. Asimismo iba a la zaga de la dinámica revolucionaria
el partido, es decir, la organización que menos derecho
tiene a rezagarse, sobre todo en momentos revolucionarios. En
los centros obreros, en Yekaterinburg, Perm, Tula, Nijni-Novgorod,
Sormov, Kolomna, Ysovka, los bolcheviques no se separaron de los
mencheviques hasta fines de mayo. En Odessa, Nikolayev, Yelisavetgrad,
Poltava y otros centros de Ucrania, estábamos a mediados
de junio, y aún no contaban con organizaciones independientes.
En Bakú, Ziatoust, Bejetsk, Kostroma, no se separaron definitivamente
de los mencheviques hasta fines de junio. Estos hechos no pueden
por menos de parecer sorprendentes, teniendo en cuenta que, a
los cuatro meses de esto, los bolcheviques tomaban el poder. ¡Cuán
alejado había estado el partido durante la guerra del proceso
molecular que se estaba operando en la masa, y cuán al
margen se hallaba, en el mes de marzo, la dirección Kámenev-Stalin
de los grandes objetivos históricos! Los acontecimientos
de la revolución cogieron desprevenido al partido más
revolucionario conocido hasta hoy por la historia humana. Pero
este partido se rehizo bajo el fuego y apretó sus filas
bajo el empuje de los acontecimientos. En estos momentos decisivos,
las masas se hallaban «cien veces más a la izquierda»
que el partido de izquierda más extremo.
Examinando de cerca cómo crecía el ascendiente,
el incremento de los bolcheviques con la fuerza de un proceso
histórico natural, se ponen al descubierto sus contradicciones
y zigzagueos, sus flujos y reflujos. Las masas son heterogéneas
y, además, sólo aprenden a manejar el fuego de las
revoluciones chamuscándose los dedos en él y dando
marcha atrás. Los bolcheviques no podían hacer más
que acelerar este proceso de adiestramiento de las masas. Para
ello, su táctica era explicar, aclarar, paciente y sistemáticamente.
cierto es que, en esta ocasión, no puede decirse que la
historia no recompensase su paciencia.
Mientras que los bolcheviques se iban apoderando de las fábricas
y de los regimientos, sin que nada pudiese contener su avance,
las elecciones a las Dumas democráticas daban un predominio
enorme y, al parecer, cada vez mayor a los conciliadores. Era
ésta una de las contradicciones más agudas y enigmáticas
de la revolución. Cierto es que la Duma de la barriada
de Viborg, totalmente proletaria, se enorgullecía de su
mayoría bolchevique. Pero esto era una excepción.
En las elecciones municipales celebradas en Moscú en junio,
los socialrevolucionarios obtuvieron más del sesenta por
ciento de los votos. Esta cifra les asombró a ellos mismos,
pues no podían por menos de tener la sensación de
que su influencia decrecía rápidamente. Las elecciones
de Moscú ofrecen un interés extraordinario para
quien quiera estudiar las relaciones que median entre el desarrollo
efectivo de la revolución y su reflejo en los espejos
de la democracia. Los sectores avanzados de los obreros y campesinos
sacudíanse apresuradamente las ilusiones conciliadoras.
Entre tanto, las grandes capas de la pequeña burguesía
urbana empezaban apenas a moverse. A estas masas dispersas, las
elecciones democráticas les brindaban tal vez la primera,
en todo caso, una de las raras posibilidades de manifestarse políticamente.
Mientras que el obrero, todavía ayer menchevique o socialrevolucionario,
votaba por el partido bolchevique, arrastrando consigo al soldado,
el cochero, el portero, el tendero, el dependiente, el maestro
de escuela, realizando un acto tan heroico como era votar por
los socialrevolucionarios, salían por primera vez, políticamente
de la nada. Los sectores pequeño-burgueses votaban fuera
de tiempo ya por Kerenski, porque éste encarnaba a sus
ojos la revolución de Febrero, que hasta hoy, hasta el
momento de votar, no había llegado a ellos. Con su sesenta
por ciento de mayoría socialrevolucionaria, la Duma de
Moscú brillaba con el último resplandor de una vela
que se iba apagando. Y lo mismo acontecía en los demás
órganos de administración democrática. Apenas
nacer, veíanse ya paralizados por la impotencia del retraso
con que venían al mundo. Claro indicio de que la marcha
de la revolución dependía de los obreros y de los
soldados, y no de aquel polvo humano que el huracán de
la revolución haría danzar en remolinos.
Tal es la dialéctica profunda, y a la par sencilla, del despertar revolucionario de las clases oprimidas. la más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.
Capítulo 22. El Congreso de los soviets y la manifestación de junio