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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 21. Las masas evolucionan, de la Historia de la Revolución Rusa

      (viene de pg. anterior)

      Bajo la avalancha patriótica que venía de todos lados, los marineros que habían acudido a recibir a Lenin a la estación de Finlandia declaraban, dos semanas después: «Si hubiéramos sabido..., por qué camino llegó a nuestro país, en vez de acogerle con vivas entusiastas le habríamos recibido con gritos indignados de: ¡Abajo Lenin! ¡Vuélvete al país por el cual has pasado para venir aquí!...» Los soviets de soldados de Crimea amenazaban, uno tras otro, con impedir por la fuerza de las armas la entrada de Lenin en la península patriótica, a la cual éste ni había pensado en ir. El regimiento de Volin, uno de los corifeos del 27 de febrero, llegó hasta acordar, en un momento de exaltación, detener a Lenin, y el Comité ejecutivo se vio obligado a tomar medidas para impedirlo. Este estado de opinión no se disipó por completo hasta la ofensiva de junio, para volver a manifestarse después en las jornadas de julio.

      Al mismo tiempo, en las guarniciones situadas en los puntos más recónditos y en los sectores más alejados del frente, los soldados, la mayor parte de las veces sin apercibirse de ello, iban empleando cada día con mayor audacia el lenguaje del bolchevismo. En los regimientos, los bolcheviques se podían contar con los dedos, pero sus consignas iban adentrándose cada vez más en el ejército. Diríase que surgían espontáneamente en todos los ámbitos del país. Los liberales no veían en todo esto más que ignorancia y caos. El Riech decía: «Nuestro país se está convirtiendo ante nuestros ojos en una especie de manicomio en que mandan y campean una serie de posesos y la gente que aún no ha perdido del todo la razón se aparta asustada, arrimándose a las paredes.» Los «moderados» se han expresado en estos términos en todas las revoluciones. La prensa conciliadora se consolaba diciendo que los soldados, a pesar de todos los equívocos, no querían nada con los bolcheviques. Sin embargo, el bolchevismo inconsciente de las masas, en que se reflejaba la lógica del curso de los acontecimientos, era la verdadera fuerza, la fuerza indestructible del partido de Lenin.

      El soldado Pireiko cuenta que en las elecciones el Congreso de los soviets, celebradas en el frente después de tres días de discusiones, todos los puestos fueron para socialrevolucionarios, pero que, a renglón seguido, sin hacer caso de las protestas de los jefes, los diputados soldados votaron un acuerdo sobre la necesidad de quitar la tierra a los grandes propietarios sin esperar a la Asamblea constituyente. «En las cuestiones asequibles a los soldados, el estado de opinión de éstos era más izquierdista que el de los bolcheviques más extremos.» A esto era a lo que se refería Lenin cuando decía que «las masas estaban cien veces más a la izquierda que nosotros.»

      El escribiente de un taller de motocicletas de una población de la provincia de Táurida cuenta que, muchas veces, después de leer un periódico burgués, los soldados cubrían de insultos a los bolcheviques, e inmediatamente se ponían a razonar sobre la necesidad de acabar con la guerra, de quitar la tierra a los grandes propietarios, etc. Así era como pensaban aquellos «patriotas», que se juramentaban para no dejar entrar a Lenin en Crimea.

      Los soldados de las gigantescas guarniciones del interior estaban inquietos, la aglomeración de aquellas masas inmensas de hombres ociosos que esperaban impacientemente que les sacasen de allí, creaba un estado de enervamiento, acusado luego por una desazón que los soldados trasplantaban a la calle, yendo y viniendo de acá para allá en tranvía y pasándose las horas muertas mascando semillas de girasol. Aquel soldado, con el capote terciado a la espalda y una cáscara de girasol en los labios, acabó por convertirse en la imagen más odiada de la prensa burguesa. Y el mismo soldado a quien durante la guerra habían adulado con los halagos más repugnantes, lo que, por otra parte, no era obstáculo para que en el frente se le azotara; a quien después de la revolución de Febrero se le ponía por las nubes como libertador, se le convertía de pronto en un egoísta, en un traidor y en un agente de los alemanes. No había vileza que la prensa patriótica no fuese capaz de achacar a los soldados y marineros rusos.

      El Comité ejecutivo no sabía hacer más que justificarse, luchar contra la anarquía, sofocar los excesos, pedir tímidamente informaciones y cursar consejos. El presidente del Soviet de Tsaritsin -ciudad a la que se tenía por el nido del «anarcobolchevismo»-, preguntado por el centro acerca de la situación, contestó con una frase lapidaria. «Cuanto más evoluciona a izquierda la guarnición, más hacia la derecha se inclina el burgués.» La fórmula de Tsaritsin es perfectamente aplicable a todo el país. El soldado se radicalizaba, el burgués evolucionaba hacia la derecha.

      Y con tanta tenacidad trataban del bolchevique los de arriba al soldado capaz de expresar con más audacia que los demás lo que sentían todos, que acabó por creerse que real y verdaderamente lo era. las cavilaciones de los soldados, partiendo de la paz y de la tierra, iban concentrándose en el tema del poder. El eco que hallaban las consignas dispersas de los bolcheviques convertíase en una simpatía consciente hacia este partido. El regimiento de Volin, que en abril se disponía a detener a Lenin, dos meses después se había convertido al bolchevismo. Otro tanto sucedió con los regimientos de Eguer y de Lituania. Los tiradores letones habían sido creados por la autocracia para explotar en provecho de la guerra el odio de los campesinos y de los obreros del campo contra los barones bálticos. Estos regimientos combatían de un modo magnífico. Pero el espíritu de rivalidad de clase, en el que pretendía apoyarse la monarquía, se trazó sus propios derroteros.. Los tiradores letones fueron unos de los primeros en romper, primero con la monarquía y luego con los conciliadores. Ya el 17 de mayo, los representantes de ocho regimientos se adhirieron casi por unanimidad al grito bolchevique: «¡Todos el poder a los soviet!» Estos regimientos desempeñaron un gran papel en el rumbo seguido por la revolución.

      Un soldado anónimo escribe desde el frente: «Hoy, 13 de junio, se ha celebrado una pequeña reunión en el cuarto de banderas; en ella, se ha hablado de Lenin y Kerenski. La mayor parte de los soldados simpatizan con Lenin, pero los oficiales dicen que Lenin es un burgués.» Después del desastre de la ofensiva el nombre de Kerenski fue, en el ejército, blanco de todos los odios.

      El 21 de junio, los alumnos de las academias militares recorrieron las calles de Peterhof, con banderas y cartelones, en que se leía: «¡Abajo los espías! ¡Vivan Kerenski y Brusílov!» Era natural que los kadetes aclamasen a Brusílov. los soldados del cuarto batallón se abalanzaron sobre ellos y los dispersaron. Lo que mayor indignación levantaba era el cartelón en honor de Kerenski.

      La ofensiva de junio aceleró considerablemente la evolución política dentro del ejército. La popularidad de los bolcheviques, único partido que había levantado la voz contra la ofensiva, creció con una rapidez vertiginosa. Es cierto que los periódicos bolcheviques encontraban dificultad para llegar al ejército. Su tirada era extraordinariamente pequeña, comparada con la de la prensa liberal y patriótica. «...No hay modo de hacerse aquí con uno de vuestros periódicos -escribe a Moscú la tosca mano de un soldado-, y sólo nos enteramos de lo que dicen por referencias. Los periódicos burgueses los mandan en paquetes por todo el frente y nos los reparten gratis.» Esta prensa patriótica era precisamente la que se encargaba de crear a los bolcheviques una admirable popularidad. No había caso de protesta de los oprimidos, de confiscación de tierras, de venganza contra los odiados oficiales, que estos periódicos no atribuyesen inmediatamente a los bolcheviques. De esto, los soldados sacaban, naturalmente, la conclusión de que los tales bolcheviques eran gente que sabía lo que se traía entre manos.

      A principios de junio, el comisario del 12º Ejército decía a Kerenski, informándole del estado de espíritu de los soldados: «Todas las culpas se hacen recaer, en último término, sobre los ministros burgueses y el Soviet, del que se dice que está vendido a la burguesía. En general, en la masa domina una terrible ignorancia; por desgracia, hay que reconocer que, de algún tiempo a esta parte, ni siquiera se leen los periódicos. La palabra impresa inspira una desconfianza absoluta. Las frases más corrientes son: «Sí, sí; nos alimentan con buenas palabras», «Nos enredan»»... En los primeros meses, los informes de los comisarios patrióticos eran otros tantos himnos entonados al ejército revolucionario, a su conciencia y a su disciplina. Cuando después de cuatro meses de decepciones ininterrumpidas, el ejército perdió la confianza en los oradores y en los periodistas gubernamentales, aquellos mismos comisarios descubrieron toda la tosquedad y la ignorancia que en él se albergaban.

      Y, al paso que la guarnición se radicalizaba, el burgués evolucionaba hacia la derecha. Alentadas por la ofensiva, las ligas contrarrevolucionarias brotaban en Petrogrado como los hongos después de la lluvia. Estas organizaciones escogían nombres a cual más sonoro: «Ligar del Honor de la Patria», «Liga del Deber Militar», «Batallón de la Libertad», «Organización del Espíritu» y por ahí adelante. Estas brillantes etiquetas encubrían los apetitos y los designios de la aristocracia, de la oficialidad, de la burocracia, de la burguesía. Algunas de estas organizaciones, tales como la «Liga Militar», la «Asociación de los Caballeros de San Jorge» o la «División voluntaria», eran otros tantos puntos de apoyo declarados para el complot militar. Estos caballeros del «honor» y del «espíritu», que se nos presentaban como inflamados patriotas, no tenían el menor reparo en ir a llamar, cuando les convenía, a las puertas de las misiones aliadas, y muchas veces obtenían del gobierno la ayuda financiera que no había sido posible conceder al Soviet, por ser una «organización de carácter privado».

      Uno de los retoños de la familia del magnate periodístico Suvorin emprendió, por aquel entonces, la publicación de un periódico, titulado Pequeña Gaceta, que se hacía pasar por órgano del «socialismo independiente», predicando una dictadura férrea, para la cual proponía como candidato al almirante Kolchak. La prensa más sólida, sin atreverse todavía a soltar prenda del todo, se esforzaba por todos los medios en crear al almirante prestigio y popularidad. La suerte que más tarde había de correr Kolchak demuestra que ya a principios del verano de 1917 se tramaba un amplio complot a base de su nombre y que, detrás de Suvorin, había elementos influyentes.

      La reacción, inspirándose en un cálculo táctico al alcance de cualquiera, aparentaba -basta fijarse en las virtudes sueltas- dirigir el golpe contra los partidarios de Lenin exclusivamente. La palabra «bolchevique» era sinónimo de todas las furias infernales. Y así como antes de la revolución, la oficialidad zarista hacía recaer sobre los espías alemanes, principalmente sobre los judíos, la responsabilidad de todas las calamidades, la de su propia estupidez inclusive, ahora, después del fracaso de la ofensiva de junio, la responsabilidad de todos los fracasos y derrotas se achacaba, naturalmente, a los bolcheviques. En este punto, los demócratas tipo Kerenski y Tsereteli se identificaban, hasta confundirse, no sólo con los liberales del corte de Miliukov, sino hasta con los oscurantistas declarados de la casta del general Denikin.

      Como sucede siempre, cuando las contradicciones alcanzan una tensión extrema, pero aún no ha llegado el momento de la explosión, donde la distribución de las fuerzas políticas se manifestaba de un modo más claro y franco no era en las cuestiones fundamentales, sino en las secundarias. Durante aquellas semanas, Kronstadt fue uno de los pararrayos de las pasiones políticas. La vieja fortaleza, llamada a ser el fiel vigía puesto a las mismas puertas marítimas de la capital del imperio, había levantado más de una vez, en tiempos pasados, la bandera de la insurrección. En Kronstadt no se había extinguido nunca, a pesar de las implacables represiones, la llama de la rebeldía. Después de la revolución, esta llama volvió a brillar con destellos amenazadores. En las columnas de la prensa patriótica, el nombre de la fortaleza marítima no tardó en convertirse en símbolo de los aspectos más abominables de la revolución, cifrados, naturalmente, en el bolchevismo. En realidad, el Soviet de Kronstadt no era aún bolchevique: en el mes de mayo, formaban parte de él 107 bolcheviques, 112 socialrevolucionarios, 30 mencheviques y 97 personas sin partido. Se trataba, claro está, de socialrevolucionarios y gentes sin partido de Kronstadt, es decir, de hombres que vivían sometidos a una presión elevada: ante las cuestiones de importancia, la mayoría seguía a los bolcheviques.

      En el mundo de la política, los marineros de Kronstadt no sentían gran afición por las intrigas ni por la diplomacia. Para ellos, no había más que una norma: dicho y hecho. No tiene nada de particular que, ante aquel gobierno espectral de Kerenski, se inclinaran por métodos de acción extraordinariamente sencillos. El 13 de mayo, el Soviet votó el acuerdo siguiente: En Kronstadt, el único poder es el Soviet de obreros y soldados.»

      La eliminación del comisario de gobierno, el kadete Pepeliayev, por ser la quinta rueda del carro, pasó perfectamente inadvertida. Se implantó un orden perfecto. En la ciudad prohibióse el juego y fueron clausuradas las casa de prostitución. El Soviet amenazó al que se presentara en la calle en estado de embriaguez con la «confiscación de los bienes y el envío al frente». Y la amenaza se llevó a la práctica, no una, sino varias veces.

      Los marineros, gente templada bajo el régimen espantoso de la escuadra zarista y de la frontera marítima, acostumbrados al trabajo rudo, a los sacrificios y también a toda clase de excesos, ahora, que se abría ante ellos la perspectiva de una vida nueva, de la cual se sentían llamados a ser los dueños, ponían en tensión todas sus fuerzas para mostrarse dignos de la revolución. En Petrogrado, acosaban a amigos y enemigos y se los llevaban, casi por la fuerza a Kronstadt para que viesen de cerca quiénes eran y cómo gobernaban los marineros revolucionarios. Naturalmente, este estado de tensión moral no podía durar eternamente; pero duró bastante tiempo. Los marineros de Kronstadt se convirtieron en algo así como la orden militante de la revolución. Pero ¿de cuál? Desde luego, no de la que personificaba el ministro Tsereteli, con su comisario Pepeliayev. Kronstadt era como el augur de la segunda revolución. Por esto le odiaban tanto aquellos que tenían ya bastante y aun de sobra con la primera.

      La prensa del orden presentó la destitución de Pepeliayev, que se había llevado muy discretamente, casi como una sublevación en armas contra la unidad del Estado. El gobierno dio sus quejas al Soviet. Éste nombró inmediatamente una delegación para enviarla a Kronstadt. La máquina del doble poder se puso en movimiento chirriando. El 24 de mayo, el Soviet de Kronstadt, en sesión a la que asistieron Tsereteli y Skobelev, se avino a reconocer, a instancias de los bolcheviques que, sin abandonar la lucha empeñada por el triunfo del poder de los soviets, estaba prácticamente obligado a someterse al gobierno provisional, en tanto no se instaurara el poder soviético en todo el país. Sin embargo, al día siguiente, bajo la presión de los marineros, indignados por estas concesiones, el Soviet declaraba que no había hecho otra cosa que dar a los ministros una «aclaración» de su punto de vista, que seguía siendo el mismo. Era un error táctico evidente, detrás del cual no había, sin embargo, más que un gran amor propio revolucionario.

      Las esferas dirigentes decidieron aprovechar aquella ocasión que se les brindaba para dar una lección a los marineros de Kronstadt, obligándoles al mismo tiempo a expiar los viejos pecados. Huelga decir que actuó de acusador en esta causa Tsereteli. Con alusiones patéticas a los encarcelamientos que él mismo había sufrido, atacó especialmente a los marineros de Kronstadt, que tenían encerrados en los calabozos de la fortaleza a ochenta oficiales. Toda la prensa razonable hizo coro a sus palabras. Sin embargo, hasta los periódicos conciliadores, es decir, ministeriales, se veían obligados a reconocer que se trataba de «verdaderos ladrones» y de «hombres que se habían distinguido por su violencia salvaje»... Según las Izvestia, órgano oficioso del propio Tsereteli, los marineros que habían declarado como testigos «hablan de aplastamiento (por los oficiales detenidos) de la insurrección de 1906, de los fusilamientos en masa, de las barcas llenas de cadáveres de fusilados echados al fondo del mar, y de otros horrores... Los marineros relatan todo esto con gran sencillez, como si se tratara de la cosa más corriente del mundo.

      Los marineros de Kronstadt se negaban tozudamente a entregar los detenidos al gobierno, que sentía, por lo visto, mucha más piedad por los verdugos y ladrones de sangre azul que por los marineros de 1906 y de tantos otros años, torturados ignominiosamente. Se explica perfectamente que el ministro de Justicia, Pereverzev, de quien Sujánov dice que era «una de las figuras sospechosas del ministerio de coalición», pusiera sistemáticamente en libertad a los representantes más viles de la gendarmería zarista encerrados en la fortaleza de Pedro y Pablo. Lo que más les preocupaba a aquellos aventureros democráticos era que la burocracia reaccionaria reconociera su nobleza de conducta.

      Los marineros de Kronstadt lanzaron un manifiesto, contestando en los siguientes términos a las acusaciones de Tsereteli: «Los oficiales, gendarmes y policías detenidos por nosotros durante los días de la revolución han declarado por sí mismos a los representantes del gobierno que no pueden quejarse del trato que se les da en la cárcel. Es verdad que las cárceles de Kronstadt son muy malas; pero son las que el zarismo construyó para nosotros. Son las únicas que hay. Y si mantenemos en ellas a los enemigos del pueblo, no es precisamente por espíritu de venganza, sino por instinto revolucionario de conservación.»

      El 27 de marzo, el Soviet de Petrogrado se reunió para juzgar a los marineros de Kronstadt. Trotski, que tomó la palabra en su defensa, advirtió a Tsereteli el papel que aquellos marineros estaban llamados a desempeñar en caso de peligro; es decir, cuando un general contrarrevolucionario intente echar la soga al cuello de la revolución; entonces, los kadetes darán jabón a la soga, mientras que los marineros de Kronstadt se alzarán para luchar y morir a nuestro lado. Este aviso convertíase en realidad tres meses después, con una insólita exactitud. En efecto; cuando el general Kornílov se sublevó y envió sus tropas sobre la capital, Kerenski, Tsereteli y Skobelev hubieron de llamar a los marineros de Kronstadt para que protegiesen el Palacio de Invierno. Pero en junio, los señores demócratas defendían el orden contra la anarquía, y ningún argumento, ninguna profecía tenía fuerza para ellos. Por 580 votos contra 168 y 74 abstenciones, Tsereteli hizo que el Soviet de Petrogrado aprobase su proposición declarando que el Kronstadt «anárquico» quedaba eliminado de la democracia revolucionaria. Tan pronto como el palacio de Marinski, reunido con impaciencia, recibió la noticia de que el acuerdo había sido votado, el gobierno cortó inmediatamente las comunicaciones telefónicas entre la capital y la fortaleza para el público, con el fin de evitar que el centro bolchevique influyese sobre los marineros, dio orden de que se retirasen de Kronstadt todos los buques-escuela y exigió del Soviet de aquella plaza una «sumisión incondicional». El Congreso de los Diputados campesinos, reunido por aquellos días, amenazó con «privar a Kronstadt de subsistencia». La reacción que acechaba detrás de los conciliadores buscaba un desenlace decisivo y, a ser posible, sangriento.

      «El paso irreflexivo dado por el Soviet de Kronstadt -escribe Ygov, uno de los historiadores nuevos- podría provocar consecuencias desagradables. Era preciso encontrar una salida a aquella situación.» Con este fin se trasladó Trotski a Kronstadt, donde habló en el Soviet y redactó una declaración que fue votada primero por éste y aclamada luego en el mitin celebrado en la plaza del Áncora. Los marineros de Kronstadt, sin dejar de mantener sus posiciones del principio, hicieron las concesiones necesarias en el terreno práctico.

      La solución pacífica del conflicto puso frenética a la prensa burguesa: «En la fortaleza reina la anarquía». «Los de Kronstadt acuñan moneda propia» -los periódicos reproducían modelos fantásticos de tal moneda-. «Se dilapidan los bienes del Estado», «Las mujeres han sido socializadas», «Todo el mundo roba, y reina la más escandalosa de las orgías». Los marineros, que se sentían orgullosos del severo orden que habían implantado, apretaban los callosos puños al leer aquellos periódicos que difundían en millones de ejemplares aquellas especies calumniosas por toda Rusia.

      Tan pronto como los oficiales de Kronstadt se pusieron a disposición de los tribunales, los órganos judiciales de Pereversev se apresuraron a ponerlos en libertad, uno detrás de otro. Sería muy instructivo saber cuántos y quiénes, entre los oficiales puestos en libertad, tomaron parte luego en la guerra civil, y cuántos marineros, soldados, obreros y campesinos fueron fusilados y ahorcados por ellos. Por desgracia, no disponemos de medios para levantar aquí este interesantísimo balance.

      El prestigio del poder estaba a salvo. Mas tampoco los marineros tardaron en obtener satisfacción de las vejaciones de que les habían hecho objeto. De todos los ámbitos del país empezaron a llegar saludos al Kronstadt rojo: de los soviets más izquierdistas, de las fábricas, de los regimientos, de los mítines. El primer regimiento de ametralladoras manifestó en las calles de Petrogrado su respeto hacia los marineros de Kronstadt «por su firme actitud de desconfianza hacia el gobierno provisional».

      Entre tanto, Kronstad se preparaba para tomar una revancha más importante. La campaña de la prensa burguesa había conseguido convertir a Kronstadt en un factor de importancia nacional. «El bolchevismo -escribe Miliukov-, después de haberse hecho fuerte en Kronstadt, tendió por todo el país una vasta red de propaganda, con ayuda de agitadores debidamente adiestrados. Los comisarios de Kronstadt iban también con su misión al frente, donde minaban la disciplina, y al campo. donde predicaban la devastación de las grandes propiedades. El Soviet de Kronstadt equipaba a sus emisarios con documentación especial: «N.N. va enviado a esa provincia para participar, con derecho de voto, en los Comités de distrito y en los cantones locales, como asimismo para tomar parte en los mítines y organizar los que considere conveniente y dónde y cuándo le parezca.» Viajaban con «derecho a llevar armas, y billete de libre circulación por todas las líneas férreas y marítimas». Además, «el Soviet de Kronstadt garantiza la inviolabilidad personal del mencionado agitador».

      Al denunciar la labor de zapa de los marineros bálticos, Miliukov se olvida de explicar cómo y por qué, bajo la vigilancia de unas autoridades tan sabias y prudentes, y existiendo en Rusia instituciones y periódicos como aquéllos, unos marineros, armados con la extraña credencial del Soviet de Kronstadt, podían recorrer sin obstáculos todo el país, de punta a punta, encontrando en todas partes la casa abierta y la mesa puesta, siendo admitidos en todas las asambleas populares, escuchados atentamente dondequiera que hablasen, y estampando con sus puños de marinero una huella en los acontecimientos históricos. A este historiador puesto al servicio de la política liberal no se le ocurre siquiera hacerse esta sencilla pregunta. Todo el milagro de Kornstadt estaba, lisa y llanamente, en que aquellos marineros acertaban a dar una expresión mucho más profunda y fiel a las exigencias de la evolución histórica que los más sabios profesores. Aquellas credenciales mal escritas demostrábanse, para decirlo en el lenguaje de Hegel, reales porque eran racionales, mientras que planes subjetivamente inteligentísimos acreditaban una inconsistencia, porque la razón de la historia no quería nada con ellos.

      Los soviets iban rezagados con respecto a los comités de fábrica, los comités de fábrica marchaban a la zaga de las masas, los soldados a la zaga de los obreros y, en proporciones aún mayores, las provincias a la zaga de la capital. Era la dinámica inevitable del proceso revolucionario, que engendraba miles de contradicciones para luego superarlas como el azar, sin esfuerzo, jugando casi, y engendrar inmediatamente otras nuevas. Asimismo iba a la zaga de la dinámica revolucionaria el partido, es decir, la organización que menos derecho tiene a rezagarse, sobre todo en momentos revolucionarios. En los centros obreros, en Yekaterinburg, Perm, Tula, Nijni-Novgorod, Sormov, Kolomna, Ysovka, los bolcheviques no se separaron de los mencheviques hasta fines de mayo. En Odessa, Nikolayev, Yelisavetgrad, Poltava y otros centros de Ucrania, estábamos a mediados de junio, y aún no contaban con organizaciones independientes. En Bakú, Ziatoust, Bejetsk, Kostroma, no se separaron definitivamente de los mencheviques hasta fines de junio. Estos hechos no pueden por menos de parecer sorprendentes, teniendo en cuenta que, a los cuatro meses de esto, los bolcheviques tomaban el poder. ¡Cuán alejado había estado el partido durante la guerra del proceso molecular que se estaba operando en la masa, y cuán al margen se hallaba, en el mes de marzo, la dirección Kámenev-Stalin de los grandes objetivos históricos! Los acontecimientos de la revolución cogieron desprevenido al partido más revolucionario conocido hasta hoy por la historia humana. Pero este partido se rehizo bajo el fuego y apretó sus filas bajo el empuje de los acontecimientos. En estos momentos decisivos, las masas se hallaban «cien veces más a la izquierda» que el partido de izquierda más extremo.

      Examinando de cerca cómo crecía el ascendiente, el incremento de los bolcheviques con la fuerza de un proceso histórico natural, se ponen al descubierto sus contradicciones y zigzagueos, sus flujos y reflujos. Las masas son heterogéneas y, además, sólo aprenden a manejar el fuego de las revoluciones chamuscándose los dedos en él y dando marcha atrás. Los bolcheviques no podían hacer más que acelerar este proceso de adiestramiento de las masas. Para ello, su táctica era explicar, aclarar, paciente y sistemáticamente. cierto es que, en esta ocasión, no puede decirse que la historia no recompensase su paciencia.

      Mientras que los bolcheviques se iban apoderando de las fábricas y de los regimientos, sin que nada pudiese contener su avance, las elecciones a las Dumas democráticas daban un predominio enorme y, al parecer, cada vez mayor a los conciliadores. Era ésta una de las contradicciones más agudas y enigmáticas de la revolución. Cierto es que la Duma de la barriada de Viborg, totalmente proletaria, se enorgullecía de su mayoría bolchevique. Pero esto era una excepción. En las elecciones municipales celebradas en Moscú en junio, los socialrevolucionarios obtuvieron más del sesenta por ciento de los votos. Esta cifra les asombró a ellos mismos, pues no podían por menos de tener la sensación de que su influencia decrecía rápidamente. Las elecciones de Moscú ofrecen un interés extraordinario para quien quiera estudiar las relaciones que median entre el desarrollo efectivo de la revolución y su reflejo en los espejos de la democracia. Los sectores avanzados de los obreros y campesinos sacudíanse apresuradamente las ilusiones conciliadoras. Entre tanto, las grandes capas de la pequeña burguesía urbana empezaban apenas a moverse. A estas masas dispersas, las elecciones democráticas les brindaban tal vez la primera, en todo caso, una de las raras posibilidades de manifestarse políticamente. Mientras que el obrero, todavía ayer menchevique o socialrevolucionario, votaba por el partido bolchevique, arrastrando consigo al soldado, el cochero, el portero, el tendero, el dependiente, el maestro de escuela, realizando un acto tan heroico como era votar por los socialrevolucionarios, salían por primera vez, políticamente de la nada. Los sectores pequeño-burgueses votaban fuera de tiempo ya por Kerenski, porque éste encarnaba a sus ojos la revolución de Febrero, que hasta hoy, hasta el momento de votar, no había llegado a ellos. Con su sesenta por ciento de mayoría socialrevolucionaria, la Duma de Moscú brillaba con el último resplandor de una vela que se iba apagando. Y lo mismo acontecía en los demás órganos de administración democrática. Apenas nacer, veíanse ya paralizados por la impotencia del retraso con que venían al mundo. Claro indicio de que la marcha de la revolución dependía de los obreros y de los soldados, y no de aquel polvo humano que el huracán de la revolución haría danzar en remolinos.

      Tal es la dialéctica profunda, y a la par sencilla, del despertar revolucionario de las clases oprimidas. la más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.


      Capítulo 22. El Congreso de los soviets y la manifestación de junio
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